viernes, 5 de julio de 2013

Os presento a Pedro, para quienes aun no le conozcais.

Pedro Pedraja era un hombre cuya ilusión, por encima del resto, hubiese sido ser policía, dándole lo mismo y por igual, nacional, municipal, autonómico o guardia civil.

El caso era sentirse alguien tan respetado como temido, un uniforme  donde las mujeres se encandilaran y los hombres envidiaran... claro que para eso había que estudiar y, poco o mucho ¡ufff! Qué pesadilla, cuando hasta para ponerse a leer los resultados del Marca que hay cada día gratis en la cafetería, ya se hacia cuesta arriba.

Este hombrecillo, por complejos, que no por tamaño, pues media 180 cm, y pesaba 139 Kg, distribuidos entre culo, espalda, papada y estomago, lloró aquel frio día de noviembre cuando por fin y tras treinta y seis veces presentándose al examen, casi por el cariño del roce, lastima a sus constantes pucheros, plegarias, llantos e inversiones en café y copa a todo bicho viviente que pudiera echarle una mano, recibió la noticia; había aprobado, ya era todo un vigilante de seguridad titulado con el número 253.891 y, desde esa misma tarde, brotaron de aquella complicada mente infinidad de argumentos que su temblorosa mano plasmó en un folio acartonado, sucio y sospechosamente desmembrado. Inicio de un curriculum deslumbrante, siempre que este no conllevara el paso  a una entrevista de trabajo, que pudiera asegurar un contrato, ya que tenerlo delante y a plena luz no era lo recomendable.

Evito entregarlo en mano y también añadirle su foto, alegando ser poco fotogénico, cuando en realidad salía clavado, el problema no era el enfocado, ni el revelado, al natural era feo, feo de cojones.

Ojos salidos con unas venas como cordones de zapato. Apenas tenia cejas dejando sin más una enorme frente llena de granos con cabezas multicolor, las había negras, rojas y otras blanquinosas con claras intenciones de reventar. Una nariz ancha y repleta de pelos que la brisa de su propio respirar movía con suma facilidad  -si con suerte ese día los mocos tan comunes en este hombre no los fijaba como la laca más potente- orejas enormes y peludas tanto por dentro como por fuera, caídas por el peso y la gravedad desde su parte más elevada.

Marrano como pocos, en sus labios siempre una pasta blanca, en especial a ambos lados de la boca y, .............................