sábado, 13 de julio de 2013

Entrevista de trabajo. Relato de humor de mi primer libro.

Era un martes entrado bien el medio día, ese día descansaba por lo que haciendo buen uso de la palabra, aun ganduleaba en pijama por casa. ¡¡La cama todavía yacía caliente!! Mari no salía hasta la una y media, más otra media hora de camino para llegar a casa, no me infringía ninguna prisa ya que en veinte minutos podía dejarlo todo como si llevara la mañana entera luchando a brazo partido con la casa y sus recados encargados. Con suerte, hasta sacaría un polvo de postre, al fin y al cabo, si ella fingía de noche. ¿Por qué no hacerlo yo de día?


Atendí el teléfono, que me dio a mí que sonaba como nervioso, era mama y lloraba desconsolada. Al llegar a casa de compras por Mercadona con papá que la ayudaba desde su jubilación anticipada, encontraron a la abuela muerta en su cama. Me pidió ayuda porque ni ella ni papá estaban para atender arreglar nada con los nervios que estas cosas traen a cualquier casa.

Dejé una nota a Mari con un imán en forma de salchicha de Frankfurt en el frigorífico y salí a casa de mis padres, al llegar los encontré en el salón sin saber qué hacer. Solo me habían localizado a mí y a un cuñado que aun no había llegado. Les pedí buscaran la póliza del seguro de decesos en la que pagaban por la abuela, mientras yo entré a la habitación donde dormía cuando nos visitaba.

Yacía con los ojos muy abiertos, la boca de par en par, casi desencajada como de haberse asustado en su despedida final, las piernas algo flexionadas y separadas entre sí. Papa no había tenido el valor de atender el cuerpo de su madre que ya comenzaba a ponerse rígido como la buena mojama. Tenía que hacer algo pues el panorama no era agradable a la vista y la gente no tardaría en empezar a llegar.

Cerré sus ojos y lo intente con la boca, pero esta ya requería de otras medidas, entonces destape las sabanas que la acogían, le alce el camisón hasta dejar el pañal a la vista para poder trabajar sus piernas. Al estar en forma de palanca intente bajarlas de golpe seco y como un columpio con resorte, su pequeño tamaño y peso, el cadáver se inclino de cintura para arriba, solo le falto chillar para hacerme cagarme del todo.

Que la abuela me perdone allá donde esté, pero el reflejo propio en defensa de su agresión ficticia, fue sacar un gancho de derechas que partió la mandíbula y mire usted por donde, tras desencajársela de la nariz, se la pude cerrar bien. ¡¡Menos mal que no llevaba la dentadura postiza!! Si no, haber como se explicar que se mordiera la nariz, pero eso seria desviarnos del tema.

El chillido del susto no me llego a salir, pero el chasquido de la hostia llego hasta el salón donde papá me llamó a consultas, le expliqué que estaba preparando a la abuela para evitar un mal trago a quien la viera y que en el tanatorio no tuvieran demasiados problemas. Me lo agradeció mientras yo volvía a la tarea, ya puestos, era cuestión de terminar con lo que había empezado para dejarla descansar en paz.

Los ojos hecho, la boca arreglada, ya solo las piernas y en concreto la derecha que estaba más doblada, vista de lado parecía que corría por la pradera. La coloque boca arriba, me quite los zapatos y me subí a la cama, le puse el pie izquierdo sobre la boca de su estomago para evitarme otro susto involuntario, mientras cogía con una mano su rodilla y con la otra hice palanca en dirección contraria. Poco a poco lo conseguí. Dejé a la abuela más erguida de lo que nunca estuvo en vida.

Estando en plena faena, concentrado en la lucha con el rigor mortis. Llegó mi cuñado que al entrar y verme en la cama sobre la abuela gimiendo por la fuerza empleada, salió alarmado haciéndose cruces, me toco relajarlo y explicarle lo que hacía, pese a no acompañar mucho mis pintas con los faldones desencajados, descalzo y los pantalones medio bajados. Pero, pónganse usted en mi situación.

Vamos que lo que pensó….. Tirarse a una muerta, bueno. Vale, podría darse. ¡¡Pero a la abuela Luisa!! Tiene cojones el cuñado mal pensado.

Al final, reunidos toda la familia y los de la funeraria, despedimos a la abuela Luisa en su última visita.

Menos mal que a sus 89 años y a su conocida enfermedad, la autopsia no fue precisa y con ella me evité las explicaciones que algunos huesos rotos pudieran haberme ofrecido expresar delante de un juez.

Al final, allí en su caja tras aquel cristal, la vi como hacía años no hacía, tan guapa. No pude dejar de pensar, que el gran merito de que aquella mujer en su despedida estuviera guapa, era prácticamente mío.

- Ahí tiene el motivo, por el que en mi curriculum vitae, aparece lo de maquillador de cadáveres.