martes, 12 de diciembre de 2017

Dos que en uno convergen.





En cada comienzo un aliento,
en cada vida un complejo,
en cada pecho un suspiro,
y en cada sueño, dos minutos.

Y… en cada te quiero, cielos que padecen
pero también se eternizan, sueldan al aire sus tripas
y al corazón, el resto de la vida.

En un diciembre que hasta entonces
podía ser otro cualquiera,
dos que por siempre en uno quedan
ríen con la misma gana que las estrellas
y las almas, que las musas y de su pueblo,
palmas verdes y blancas

Por delante, lo que siempre queda,
un camino del que nada sabe y todo se espera,
del que todos hablan sin saber una mierda,
al que ellos susurran y algunos pocos, aplauden.

Un camino, como diría el que suscribe.
Pa echarle cojones y, todo el cariño 
que nos hace mujer, y hombre, y destino.




Mis mejores deseos para Pedro y Desiree, dos, que en uno convergen en este diciembre de 2017.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Qué tiempos aquellos.




Como mueren los capitanes,
con el acero en mano
y la cabeza alta, caerán mis sangres,
mis brazos y austero. ¡Bravo!

Como ellos, héroes del tebeo,
me sentí hace mucho.
Montañas de arena hacían mi castillo,
y mi coraza, un pechito menudo.

No perdía los días, les vencía,
como a la mismísima muerte
lo hacen aquellas noches sumergidas.

Era eterno, desconocedor del miedo,
todo alma, orgullo, sentimiento,
un halcón mecido por el viento,
y también, ese torito negro, y puro, y tierno.

Sobre mi fortaleza de arena
la fuerza que ya, de mi reniega,
nacía sin morir en vena,
como lo siguen haciendo las  primaveras.

Que tiempos hermanos míos.
¡Qué tiempos aquellos!
donde sin darnos cuenta tanto nos quisimos.
…que tiempos, que tiempos todos aquellos.





A mis cuatro hermanos.



martes, 28 de noviembre de 2017

Pues sí, sí.




En casa lo que más se gasta es leche (yo apenas la cato), latas de atún, pasta de dientes y papel higiénico… aún no se qué, pero seguro que esto, quiere decir algo. 

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Que extraño es el amor.




Que extraño es eso del amor, cuando crees que lo tienes,
como el aire indomable se te escapa de la mano
dejando descalza de gana toda aquella ilusión
con la que cada mañana, uno levantaba.

Que sensación tan extraña esa que te hace morir
porque alguien se marcha,
esa, donde el mundo  se derrumba, aquella donde por fin
notas  el hueco que por dentro llora
ahogando de silencios el poco peso del alma.

El amor es tan vital como amargo, tan de ayer como de mañana,
algo tan deseado como extraño y tan fuerte como la montaña.

Por mucho que se piense nunca se desarma,
mas que con ese dolor que no dice nada
y las palabras que fueran de pasados, esperanza.

Yo, me lo pido y con ansia lo guardo
bajo un pecho y sobre las mil lágrimas,
donde todos fueron y todos serán
de mi vida, costumbre, luz, y nostalgia.

Que extraño es el amor y que ruin lo es la muerte,
ladrona que nunca perdona y que al hombre,
como a la mujer, de oscuridades asola.
Dejando huérfanas las manos, los besos,
las alegrías y ese amanecer
con el que cada día se sueña y cada noche atormenta,
sin que tras de nosotros se escuche abrir aquella puerta
por la que entraba el amor que con nombre y apellido,
nos bañaba de olores, risas y suspiros.

Que extraño es el amor que nadie ha visto y tantos sentimos,
en ese yugo que adormece los sentidos cuando nos deja a solas
con unas pocas fotos y demasiados minutos. 

lunes, 20 de noviembre de 2017

Esa, no fue mi guerra.




      

     El teniente de ingenieros Mackenzie estaba a no más de quince o veinte metros de mí  cuando un proyectil le entró por un lado de la cabeza y le salió por el cuello, cayó al suelo como una piedra. Aún corríamos en busca de resguardo cuando pude verle convulsionando boca abajo sobre aquella helada y hostil tierra. Las posiciones alemanas, mucho más elevadas que las nuestras, y aquellos campos llenos de minas, nos hacían el blanco perfecto. Se solicitó fuego de artillería, nadie vio al francotirador, pero estaba y seguía entre aquellas rocas altas.

Un cuarto de hora más tarde, con la montaña supuestamente barrida por las bombas aliadas, volvimos a buscar minas con el fin de abrir un camino a las tropas. Finalmente, poco antes de que cayera la noche y tras dos nuevos bombardeos intensivos sobre territorio enemigo, despejamos una senda que se marco en blanco para que fuera cruzada por los algunos soldados de manera segura, poco a poco se iría limpiando de minas más terreno para el paso de los carros.

El comandante Low, uno de los pocos y valiosos oficiales que nos quedaban vivos, cogió una veintena de hombres, cargados hasta arriba con los botes neumáticos y con él a la cabeza, se dispusieron a cruzar el campo de minas. La intención era llegar hasta el río y pese su crecida por el deshielo, cruzarlo y afianzar la posición al otro lado. Pero, pese a la luna llena la senda marcada de antemano no era tan visible en la oscuridad y el comandante, que se salió de la línea, piso una mina. Su pierna derecha quedó tan destrozada que hubo de amputarla mucho más arriba de lo que venía siendo lo habitual con aquellos artefactos creados precisamente para mal herir y no matar, ya que los muertos no retrasan tanto la marcha como los heridos.

Tras la explosión, seis bengalas verdes iluminaron el cielo y tras ellas fuego de ametralladoras y morteros. Cuatro hombres con su comandante arrastras lograron regresar sobre sus pasos, otros cinco lograron llegar al río, el resto perecieron en mitad de aquel terreno plagado de minas. La artillería amiga volvió a barrer aquellas infernales montañas y poco después se volvió hacer el silencio, ese, que en ocasiones daba más miedo que el infernal ruido de las explosiones.

A la mañana siguiente, tras un nuevo e incesante bombardeo sobre las posiciones alemanas, se logró llegar a la orilla de aquel sucio y frío río, no muy lejos los unos de los otros encontramos los cinco cadáveres de nuestros compañeros. Un tiro, un soldado, habían sido borrados de la faz de la tierra por los francotiradores que ocultos en la noche salían para darnos caza. El cabo Robert, de treinta años y vecino de  Liverpool, murió desangrado a unos metros de donde le habían dado, la marca de su cuerpo arrastrándose y, sus congelados dedos sin uñas y completamente ensangrentados, eran la prueba de lo mal que tuvo que pasarlo aquel buen hombre.

El ridículo de los franceses defendiendo su tierra en esta  guerra de mierda, hacía que los pocos que todavía luchaban lo hicieran con la gana de resarcirse y recobrar cierto honor,. Aunque el resto de aliados eran reticentes, siempre se ha dado bien al humano generalizar. Recuerdo a mi capitán decir en infinidad de ocasiones que los franceses solo valían para hacer trincheras. La insistencia de su general, Sr. Juin, en que fuera sus tropas las encargadas, una vez cruzado el río, de tomar la montaña, terminó por ser escuchada y este ordenó un ataque frontal que otros vieron como un suicidio. Aunque al fin y a la postre, sería el suicidio de esos que ni su tierra habían sabido proteger cuando todos les consideraban una potencia militar. Vamos, que si caían pero por lo menos se llevaban a algunos por delante, algo sería algo, y eso, siempre es más que nada.

El general Juin había conseguido reclutar unos miles de hombres entre fugados de la propia Francia y tropas de sus colonias y protectorados en el norte de áfrica. De esta manera, tunecinos, marroquíes y argelinos llegaron a sorprender al resto de aliados bajo la bandera francesa. Estos soldados llegaron a adentrarse siete kilómetros en territorio ocupado dejado tras de sí muchos soldados pasados por bayoneta, es decir, que tomaron posiciones luchandolas cuerpo a cuerpo, a la vieja usanza. Pero aquellos mal nacidos por igual dejaban alemanes muertos que mujeres violadas mientras al resto de su familia les encañonaron para evitar que se movieran. –Todo tiene su precio- escuche decir a algunos de nuestros hombres. Yo no lo creo y muy al contrario, me avergüenzo, yo no estaba en aquella guerra para violar a mujeres indefensas e inocentes a las que se supone íbamos a liberar del yugo fascista. De lo mucho y horroroso que recuerdo de la guerra y en concreto de la toma de Monte Cassino, me atormenta la cara de aquel padre, un simple agricultor que no hizo jamás daño a nadie, cuando impotente vio morir entre sus brazos a su niña de doce años por culpa de la hemorragia que le provocó la violación masiva de aquellos salvajes. Allí, ante la cara desencajada de aquel hombre, me di cuenta que me equivoque de guerra.

1º premio concurso de relatos "Con un arma en la mano" 2015. 


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Palabras vacías.




Palabras planas son todas aquellas que se amontonan en el alma
como lo hace la mismísima pena en cualquier campo santo,
son esas que sin uña se agarran para decir siempre lo mismo,
las que no gritan por evitar molestar en los oídos,
las que nunca flotan y pese llamarse buenas, jamás perdonan.

Y yo, yo no quiero llenar mis huecos de ellas,
yo lo que quiero es que al levantar los brazos el aire los mueva
con la misma liberad que han de moverse aquellas otras palabras,
que a medias o eternamente completas,
salen sin ser medidas y, sin ser medidas,
caminan en busca de la realidad, de su esencia.

Las palabras planas son las que dicen, y dicen,
pero aburren hasta las piedras, que duras como el abismo de su miseria
se dejan perder como se pierde la tierra, entre aquellos ecos
que sin quererlo perecieran en bocas y manos mudas de ellas.

Hoy, al salir a la calle el frío me acarició la nuca,
me he subido la solapa de la chaqueta, y ese frío,
como si jamás existiera, ha desaparecido como con la muerte
lo hace aquella dura pena, al sentir bajo sus alas 
palabras que quisieran y nunca lo fueran.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Casi siempre...




Casi siempre nos vestimos tanto por fuera como lo hacemos por dentro,
porque aun cuando no lo queramos reconocer, tenemos miedo.

Miedo, a ser distintos, a que vean a través de nuestras alas de cristal y tiempo,
todo lo que somos, lo que queremos, lo que rezamos.
Rara vez sentimos el aire en la cara por culpa de la mascara
con la que nos mostramos al mundo, sin que a este, le importe eso mucho.

Somos todo lo que ocultamos y casi nada de lo que ensañamos,
porque pensamos que así la vida nos será más fácil.

Con la familia y en torno a los cuatro amigos, gritamos,
porque es allí, y solo allí, donde por fin nos despojamos de ese disfraz
oscuro que nos colocamos,
y todo, porque creemos que pensamos.

Y por eso, por no nos molestarnos en ser quienes somos,
morimos encerrados donde nadie cabe, donde nada queda, donde la vida así mismo,

 despacito, despacito… se entierra.