jueves, 13 de febrero de 2014

Trampas.

                                            



Desmontan mis dedos
instantáneas plasmadas 
en la historia del tiempo.
Corretea entre venas y huesos
un extraño aliento marinero,
agonía que se dibuja
con sales mohecidas.


Ante mí,
sobre el asfalto desnudo y gris,
el mundo se transforma
en  grotesca ruina de polvo y mentira.
La muerte subcontrata por vez primera,
la pobreza muerde como fiera hambrienta
y, la humanidad, huye de sí misma.


Recostado sobre las costillas,
ni mis lágrimas son aliadas,
abandonándome en la oscuridad etérea
donde el vacío y la nada,
se convierte en atisbo de esperanza.
¿Si mis dedos quedaron quietos,
si dejaron algo de tiempo,
si en verdad queremos hacerlo?


Lamentos corretean por el espacio,
grabación constante de miedos y hambre.
Vergüenza enterrada por los propios noticiarios,
eco negro al que ponemos puertas, 
ventanas y muros.
Abismo al que damos de lado
pese tenerlo pegado,
acechando ese instante
que nos desangre.


Asesinos de palabrerías,
tramperos de corbata.
Lograsteis manejarnos con frases caducadas,
retos y enfrentamientos
donde niñatos sin cerebro entran a saco,
destrozando aquello que labro el esfuerzo
de su abuelo.


La tierra se oscurece
molida y cansada de estupideces,
el mundo se desvanece
entre las manos de cuatro titiriteros.
Mientras estos,
se reparten  el botín en su egoísta destierro.
Evitando chocar con la realidad
que sufren los pueblos.


Encerrados en su torre de lujoso coral
manipulan a voluntad,
mirando por una pequeña ranura 
con grueso cristal,
la desesperación brutal
que azota la carne
de quien no se quita de encima
el miedo al hambre.


… y mis dedos,
continúan hurgando en el tiempo,
sombra que impertinente se me cruza,
inquietos e ignorantes
por vez primera,
son mis dedos incapaces.