sábado, 20 de agosto de 2016

En lugar de turrón...






Cuando a Manolo le llamaron para trabajar después de un año parado, casi se le saltan las lágrimas. Llamó a la mujer que en esos momentos limpiaba en una casa particular (sin contrato ni nada de nada) luego llamó a sus padres y, por último, a sus hermanos y cuñado.

A la hora acordada se presentó en la oficina de la empresa para recoger el uniforme, empezaba esa misma noche y todo iba como un poco precipitado. -¿En qué puedo ayudarlo?- preguntó la recepcionista.

-Me han llamado para que pase a por la ropa de trabajo, empiezo esta misma noche.

La administrativa llamó por teléfono a alguien y un chaval escueto y de aspecto moderno salió por la puerta del fondo. -¿Tallas?- pregunto.

Manolo no lo tenía claro, por lo normal se encargaba su mujer de esas cosillas. –Si no me lo pruebo, ni idea, lo siento- el chaval escueto y moderno torció el morro, por lo visto dejar que Manolo se probase la ropa le causaba estrés.

-Está bien- dijo tras unos eternos segundos con el morro retorcido sobre sí mismo –pase por ahí- y señaló una pequeña puerta a un lado del mostrador.

Manolo le siguió hasta una especie de almacén en la parte trasera y, el joven empezó a darle ropa para que comenzar a probársela. -¡Coño!- salió a Manolo del alma –esta ropa tiene vida propia- añadió al ver la de mugre acumulada que tenía todo aquello que el otro le pasaba.

-En llegar a tu casa la lavas- respondió el otro.

-¡Ya! y al servicio me voy en pijama.

El “simpático” levantó los hombros y dejó cerrada la boca sin dirigirle ni la mirada. Con aquel uniforme que olía entre a culo y a muerto, empezó el ilusionado Manolo su tormento.

A las tres semanas y pico, Manolo saco una vida laboral y casi se desmaya, estaba haciendo jornadas de doce horas diarias, solo descansaba un día por semana, y su contrato era tan solo de 60 horas al mes. Llamó a su jefe directo y este le dijo que eso era lo que había, que el mismo, pero si quería trabajar… junto la rabia e impotencia se trago la poquita dignidad e ilusión que le quedaban. –¿Una empresa buena?...una mierda- se decía hacia adentro. Al fin y al cabo no tenía nada mejor y aquello era para un par de meses con mucha suerte.

Hablando con los compañeros se fue enterando de lo que era aquello, una gran empresa cara a la parroquia, pero a sus espaldas, miseria y más miseria. Pero para los que trabajaban, ya que la empresa si cobraba bien sus trabajos. Nadie denunciaba por evitar perder el trabajo, no había comité de empresa por miedo, los derechos allí eran como un eco, que se escucha, pero nadie sabe de dónde, el cómo o porqué.

-Así se hacen algunos de dinero, exprimiendo al desgraciado ¿y para esto tanta democracia? Menudos miserables peseteros de mierda- dijo el suegro de Manolo cuando la hija le contó.

-¿Y qué vamos hacer?- añadió ella resignada.

-Por ese, “qué vamos hacer”, estamos como estamos.

-¡Ya! Pero como nadie se tiran para adelante…

-A todos ponen el culo rojo- corto el suegro de Manolo a su hija –hemos pasado una guerra, una posguerra, hambre y mucha miseria, por tener unos derechos. Y ahora, escudados en una crisis que solo la sufren los de siempre, algunos empresarios boceras, los del género hijoputa, se escudan y aprovechan en iguales porcentajes para que esos con miedo al desahucio e incluso al hambre, sigan haciéndoles ricos e importantes-

Cuando Manolo, junto otros dos trabajadores nuevos, sacaron las castañas del fuego en aquella navidad a su empresa, esta les dio la patadita y lo primero que les pidió, si querían cobrar, era su mugrienta ropa.

-Más vale un poco de algo que un mucho de nada- dijo Manolo a su idealista suegro.

- hijo … ¿pero así, qué futuro os espera?

-Ninguno, pero la lucha de uno solo no sirve de nada, tendría la guerra perdida de antemano.

-Sin muertos que hagan remover las entrañas, no queda más que depilarse el ano. Y no me malinterpretes, que no te critico, pero  sentenció.

Más razón que un bendito tenía su suegro, que más por viejo que por pillo, sabía un rato largo de lo que hablaba, pues fue uno de los que luchó desde los sindicatos cuando estos valían para algo.

Hoy, Nochebuena de 2015, cuando la historia de Manolo me reconcome, me lleno de rabia al mirar de un lado a otro y ver cómo la gente da gracias por tener una mierda de sueldo por el que se dejan la piel y la espalda. Me doy cuenta que he perdido la fe, no en nuestros políticos, ni en los empresarios. La he perdido en las personas en general, en las buenas y en las malas, en las que gritan y en las que hablan, en las que callan y otorgan, y en las que gruñen y señalan.

Somos una especie despreciable y autodestructiva para consigo misma, y totalmente domada para el uso y disfrute de algunos especímenes, como por ejemplo, los jefes de Manolo.