miércoles, 3 de agosto de 2016

Con los ojos cerrados.




Cerrando los ojos, hoy, aún logro recordar con tal claridad que me obligó por igual y casi sin querer, a vivir y a soñar con aquellos días que hacen de mí la persona que creo soy.

En casa, podríamos definirnos como afortunados, padre trabajaba como secretario en el Ministerio de Agricultura y Pesca, lo que le hacía viajar muy a menudo por los más pintorescos pueblos de España. Un año, poco antes de las vacaciones de navidad, llego a  casa tras uno de aquellos eternos y polvorientos viajes y, como siempre, sentados a la mesa delante de un plato, nos contaba historias de aquellos pueblos, de sus gentes y  costumbres. Mi padre, pese su cargo de responsabilidad en un gobierno a finales de la dictadura, pero aún en ella, era, o así lo recordaré siempre, una persona muy llana, a todo el mundo trataba de tú a tú y valoraba muchísimo de la gente la sinceridad de su sonrisa y  palabra.

En aquella ocasión la boca se le llenó hablando de un pequeño pueblo pescador, Santa Pola -no he comido mejor caldero, ni pescadito, que el de su bahía- repetía constantemente -muy cerca de allí hay una isla, para los de Santa Pola “la illa”, los de fuera la llaman Tabarca- continuó hablando, ahora con la voz baja y arrastrando las palabras mientras abría mucho los ojos y gesticulaba con brazos y hombros -donde seguro, muchos fueron los piratas que allí escondieron sus tesoros- a mi hermano, dos años mayor que yo, y a mí, se nos encendieron los ojos al escuchar lo de los piratas y los tesoros.

Aquel venidero verano mi padre alquiló en Santa Pola una vieja casita no lejos del puerto, en aquellos entonces yo contaba siete u ocho años, hoy me rozan los ochenta y nueve. Así pues, ni aquel pueblo era lo que es ahora, ni aquella illa, Tabarca, tenía el trasiego de gentes que tiene hoy.

En aquella casa alquilada se podía oler el frescor del pescado cuando los barcos entraban a puerto. Siempre disfruté de aquel momento, más incluso, que jugando en la playa con mi hermano y los dos o tres amigos que hicimos. Muchos de los peces, aún vivos, se retorcían por el hielo llamando la atención de aquel lejano y curioso niño. Siempre recordaré el brillo de sus escamas, como el de aquellas tardes cuando el sol moría lento por el oeste. Otro de mis palpables recuerdos, es la velocidad de esos cangrejos rojos, que si se descuidaban los pescadores, se les iban corriendo en todas direcciones. Los pulpos, tanto los frescos como esos otros que colgados en unas cañas se dejaban secar al sol y al viento, y que más tarde, con una gota de aceite y algo de lumbre, pasaría a ser uno de los manjares más ricos a los que mi paladar a sucumbido.

Aquel año mi hermano y yo nos limitamos a ver la illa desde las playas de Santa Pola, allí, sentados en sus arenas claras mientras un desfile de barcos a modo de cofradía en semana santa salía a faenar, nos imaginábamos historias de piratas, tesoros, de luchas con arcabuces, cañones y espadas.

Regresamos el verano siguiente, y al otro, y con cada verano encontrábamos una Santa Pola distinta, crecida un poco aquí y otro poco allá, pero la illa seguía lejana pese su cercanía.

En unas vacaciones por semana santa, padre y madre nos dieron la mayor de las sorpresas, habían comprado una casita en Santa Pola no lejos de su fortaleza, a mitad de camino entre esta y el puerto donde tantos buenos momentos pasamos corriendo, brincando, chapoteando, pescando y, cómo no, molestando a esos viejos que caña en mano, solo pretendían pasar el rato.

Era una planta baja sin edificación arriba, hacia esquina, no se escuchaba el mar, pero si se respiraba y se podía ver el puerto con sus barcos. La casa disponía de  cocina, tres habitaciones, un aseo, un buen salón comedor, un patio enorme e interior y una especie de pequeño porche en la puerta principal. Había pertenecido a la familia de un pescador que había hecho amistad con mi padre tiempo atrás, estaba para reformar, pero se podía vivir.

Por aquellos días jugar al balón o a la trompa a mitad de calle no acarreaba demasiado peligro. A la fresca de la noche, la gente salía con sus sillas a la acera, unos a cenar, otros después de hacerlo. Las noches parecían no terminar nunca, excepto para aquellos pescadores que con el horario cambiado siempre parecían estar al pie de su duro trabajo. Gentes afables, muchos en lengua valenciana a los que jamás faltó un saludo y la sonrisa.

Esa semana santa conocí otra Santa Pola distinta a la del verano, pero no menos encantadora. Lo mejor quedaba por llegar, fue a los dos días de estar allí cuando a las siete y pico de la mañana padre nos despertó -Bueno ¿queréis conocer la illa, si o no?- creo que note faltarme la respiración, de un brinco… no creo haberme vestido tan rápido en mi vida, me presente a la puerta de casa. Pese mi endiablada rapidez mi hermano, vestido y bien peinado, parecía estar allí plantado y esperando desde hacía semanas.

En una pequeña barca, junto mi padre y nosotros dos, el dueño de la embarcación y dos ingleses con unas enormes gafas de sol, otras de buceo con tubo, aletas, toallas, un capazo con lo que parecía pitanza, y una cámara de fotos modernísima. 

El recorrido es corto y como tal se me hizo, yo y mi hermano íbamos todo el rato mirando por la borda tratando de ver esos delfines que siempre se dice acompañan a las embarcaciones, no hubo suerte. Los ingleses no dejaban de hacerse fotos pese los saltos de la embarcación, seguro que la mayoría salieron tan movidas que hubieron de tirarlas. El peor parado fue padre, blanco como las sabanas que lavaba madre, no bajo de aquella barcaza hasta una media hora después de llegar a Tabarca. Y allí estábamos sus vástagos, deseando pisar esa tierra de malvados piratas, pero cualquier le decía nada a padre, máxime, con aquella cara.

-Tese tranquilo, que yo prisa ni una, cuando se encuentre el cuerpo ya bajan ustedes- dijo el barquero antes de abandonarnos allí y coger camino al pueblo.

Recompuesto, o como diría el barquero, con el cuerpo de padre ya en su sitio, bajamos de la pequeña embarcación y cogimos camino al pueblo. Su pequeña muralla fue el primer síntoma que despertó nuestra ya de por  repleta imaginación. -mira tete, mira, los muros donde la gente se protegía de los piratas-, -Si, si, y seguro que desde arriba, los buenos les disparaban- comentábamos emocionados el uno al otro.

No recuerdo la cara de mi padre en ese momento, pero hoy, ahora, poniéndome en su sitio, estoy convencido que disfruto de lo lindo viendo y escuchando a sus hijos.

Paseamos por el pueblo, la verdad, es que poco era lo que había que ver, pero lo bueno no era lo que se veía, sino lo que en aquellas cabezas uno y otro añadía. Dimos una vuelta por el faro y las playas, no repare en contar con cuánta gente pudimos encontramos, pero no creo que me hubiera cansado contando. En una de las playas tres pescadores bajaban de una barca a remos unas cajas con pescado y, creo recordar, que con calamares también. Padre estuvo un buen rato hablando con ellos mientras nosotros indagamos roca arriba y roca abajo, no creo que dejáramos hueco de Tabarca por escudriñar más allá de los que por su peligrosidad padre nos prohibió acercar.

De regreso en casa, hasta nos aturullábamos al tratar de contar a madre todo lo que habíamos visto. En cada agujero, las pruebas de un tesoro desenterrado o la entrada a alguna cueva secreta. En la derruida muralla, los golpes de las bolas de cañón lanzadas desde los barcos piratas y corsarios, casi seguro, que del gran enemigo berberisco. Le describimos al detalle la casa del Sr. Gobernador, su pequeño  puerto, las playas y la fauna, su preciosa fauna. En la misma playa, buceando, se podían ver varios tipos de peces a los que parecía se les podía tocar estirando la mano. -¡Ah! y padre se ha mareando- dije al recordar ese detalle. Madre miro a padre, y este, entornando los ojos y con una sonrisa que le iba de oreja a oreja, negó ligeramente con la cabeza.

-¡Vaya que no! blanco, blanco blanco estaba madre- insistí al ver el gesto de padre, no entendí muy bien el porqué, pero las carcajadas de mis progenitores se escucharon desde la calle.

Al día siguiente, otra vez sin madre por su miedo al balanceo de los barcos, salimos en el barquito con aquel señor amigo de padre, pero esta vez la illa, pese quedarnos a tiro de piedra, no llegamos a pisarla. La idea de padre, aventura para todos la verdad sea dicha, era pescar y chapotear en mar abierto. Sentir esa sensación de libertad a la par de respeto nos hace a los humanos muy pequeños, pero es algo que recomiendo tanto o más, que mirar el cielo escuchando como el movimiento de la mar golpea bajo tus piernas y te sube y te baja a su capricho.

Teníamos casa y amigos con barca, seguro que la illa no volvería a resistirnos tanto en una próxima visita, pero eso son cosas que se dicen y se dejan, y dejan… hasta que cuando te das cuenta, es tarde hasta para soñar con ellas.

La primavera de 1981 asoló nuestra familia, mi único hermano, Alfonso, falleció en un accidente de automóvil, tenía una prometedora carrera con una de las mejores notas en medicina de todo Madrid, Alfonso era el orgullo de todos. De padre, de madre, y pese quedar como un punto y aparte, de mi. Jamás ¡nunca! he sido capaz de reconocer su pérdida, en ocasiones, en muchas ocasiones, aún me parece escucharle reír.

Las desgracias nunca andan lejos la una dela otra, y ese mismo año a padre le diagnosticaron una enfermedad que poco a poco acabó con él sin que tampoco se tratara de defender. -Si tiene casa en la playa, márchese a vivir allí, su cuerpo se lo agradecerá- le recomendaba el doctor, pero la pena por la muerte de mi hermano alejaba a padre de todo cuanto bien le pudiera hacer, y así, se dejo morir, o por lo menos esa es la impresión que tengo yo.

El verano siguiente no, al otro, con los cuerpos algo más fuertes, madre y yo fuimos a Santa Pola, el trayecto en aquel superpoblado autocar se nos hizo eterno, yo ya tenía carné de coche, pero el de padre hubo que venderlo hacía varios meses. Las calles de Santa Pola bullían de gente que parecía andar perdida, caminando de un lado a otro como buscando un algo que nunca encontraban. Madres y padres con sus niños y cargados hasta el colodrillo de colchonetas, toallas, salvavidas, manguitos, neveras y sombrilla, los había que evitar en cada esquina, la necesidad de aprovechar el tiempo se podía ver en sus caras.

Ninguno comento nada, pero la pena se nos aferró a las entrañas al abrir la puerta y encontrar el vacío polvoriento y oscuro de aquella casa. Madre estuvo a punto de venderla en varias ocasiones, hubo muchas ofertas, alguna más que insistente y con dinero fresco encima de la mesa, pero siempre, en el último momento, algo la retenía y se echaba atrás.

Hace mucho que madre también me falta, pero si supiera que desde algún lugar puede verme. -Gracias, muchas gracias madre- gracias por no vender esa casa donde sí, son muchos los recuerdos y enorme la pena, pero se impregnó de tantas risas, besos, abrazos y caricias, que es más lo bueno que lo malo que en ella nos brinda la vida. Gracias, porque gracias a no venderla mis hijos han tenido la posibilidad de vivir, en tiempo distinto, los mismo o parecido a lo que nosotros vivimos.

Por eso hoy, cerrando los ojos les cuento mi historia. No trato de ser un viejo pesado y reiterativo, mi historia es una más de tantas con las que a diario se pueden cruzar por la escalera, en el supermercado o a la entrada de un cine, con la salvedad, si me permiten la diferencia, que en mi mente, aquí, tras de estos viejos y cerrados ojos. Un gran barco de madera con un mástil central que parece rozar el cielo y doce velas desplegadas, rodea la illa de Tabarca, arriba, en lo más alto, ondea una bandera negra con la calavera más blanca y fea que imaginar se pueda. Bajo, un piso más allá de la cubierta, veintidós pequeñas puertas ahora abiertas, dejan ver las bocas de sus amenazantes cañones. Humean y ensordecen para poco después herir mi isla con sus pesadas bolas de metal.

En la illa se hace el caos ante la furia que despliegan los piratas, pero la illa es de los que son, y con su sangre y con su honor, plantan los isleños cara al enemigo invasor. En cubierta, con una gran barba pelirroja, ojea como anda la lucha el famoso pirata. Parece que la isla se rinde y desde el barco cesan los cañonazos, se echa el ancla y se recogen las velas.

Por la zona de la playa dos botes tirados por remos, barbarroja y casi veinte de sus piratas pretender varar en la illa, a mitad de camino andan cuando dos cañones, como aparecidos de la nada, hunden uno bote y hacen retroceder al segundo. Barbarroja se salvó nadando del bote hundido al otro, ocho de sus piratas no pueden decir lo mismo, y la illa, pese su contado valor humano vuelve a vencer al famoso pirata otomano. Se recoge al ancla, se despliegan de nuevo las velas, y en la tranquilidad de aquellas aguas el barco se aleja escuchando maldecir al pirata en el interior e sus bodegas.

Esta es la historia que junto ese hermano que tanto añoro, cada día imaginábamos sentados en la playa de levante mientras perdíamos de vista nuestra isla entre un barco y otro de aquellos pescadores que en fila, salían de puerto a buscarse la vida.

Tabarca, la illa que muy bien podía haber salido en alguna de las películas del gran Berlanga, es como el veneno que hiere la sangre robando su recuerdo. Una vez la he pisado y millones soñado, ¡y ya ven! hoy, no siendo más que un pobre anciano, aquí me tienen, con los ojos cerrados y de ella alimentado.