sábado, 2 de julio de 2016

Cansado de explicar.



Cansado.  Cansado de aquellos tantos y tantos
reparos que sin sentido práctico
crecen de fuera adentro con la semilla de la ignorancia
y el desprecio.
Cansado, de señalar y ser señalado,
de esconderme y ver cómo se esconden,
de callar y veros callar,
de morir a solas tratando de vivir en paz.
Cansado, de aparentar lo que no soy, eso,
que quieren hacer de mí.

Cuán absurda la intolerancia de una razón,
que armada con la sombra hueca del valor,
se cree por encima de las voluntades,
de las ideas distintas, de la pena y la alegría.
Hasta que llega ese día donde el aliento deja de oler
y la sangre de regar.
Dejando muy atrás el deber de respetar y amar,
de cada cual, su forma de pensar.

Cansado de tolerar lo que a mí se me prohíbe,
quisiera gritar, romper, destrozar,
pero entonces pienso;
-¿Y en que me diferenciaría del resto de prisioneros sin cerebro?-,
y lloro, lloro como no lo hice desde muy, muy pequeño.
Y con aquella misma gana infantil
trato de soñar, que esto de hoy,
pasará como la edad, dejando tan solo,
las cicatrices del penar.