viernes, 15 de julio de 2016

Gritemos por la dignidad.





Solo la muerte
tiene la capacidad de rendir al hombre,
solo la muerte
puede derrotarlo, robarle la voz,
su pundonor, la voluntad.
Solo la parca,
esa maloliente calavera,
es en realidad la única
que nos puede impedir modificar
las pautas de una vida no escrita.



No basta con gritar,
no es suficiente votar,
jamás está de sobra hablar,
pelear, intervenir, actuar.
Con el respeto y la coherencia
que distingue al hombre,
debemos y podemos,
hacer grande nuestra intención y palabra,
alejándonos de la resignación como costumbre,
de la desidia como salida,
del conformismo como credo absurdo.



Nunca valió de nada derramar lágrimas
sentado en un sillón sin hacer nada.
No, no se ganan  así las batallas,
no se hace futuro cuando 
no se invierte en el presente.
No, no somos marionetas
a las que puedan manejar con finos hilos,
poner voces distintas,
conversaciones que nunca sentimos.
No, no somos esas marionetas
atormentadas y colgadas en almacenes oscuros.
Grito lo que siento,
cuanto pienso, lo que deseo.
Grito porque puedo,
porque podemos, porque debemos.
Grito sin miedo, sin esconderme,
Grito lejos del silencio que se nos cierne,
de los sucios deseos de quienes no sufren,
de la vergüenza, de acusadores índices,
de la mentira piadosa o no.
Grito, grito,
por no arrepentirme más tarde
de callar sin pretenderlo.


Levantémonos todos a una,
de un color u otro, de cualquier ideología,
a una y por todas.
Cuando tan solo se pide vivir,
una techo para la familia,
una cuchara que soplar sobre la mesa,
un trabajo, dignidad, autosuficiencia.
Todos queremos ver el final de esta abstracta era.
No, no somos culpables
más allá de permitir y consentir.
No somos más culpables
que de querer vivir.


Levantemos la voz
cuando aún se nos pueda oír,
cuando todavía podamos gritar,
cuando aún nos quede voluntad y ganas de luchar.
Levantemos la voz
ante la incompetencia del opresor
que escusado en democracia,
con mayoría o al amparo de intereses foráneos,
puede jodernos a dos manos.
Levantemos la voz,
gritemos a pulmón, salgamos a la calle,
que sin hacer correr la sangre
nos hagamos ver, escuchar.
Que sea nuestra voz por fin,
la fuerza que logre hacer pensar.