miércoles, 15 de enero de 2014

Infinita.






Fría, de hielo,
 naces en mi como aquel otro lucero,
encadenada,
es mi carne voluntaria quien te amarra a estas entrañas,
quien te posee en el despertar de su mañana,
quien te protege sobre mi soldada esperanza,
quien llora al verte abandonada,
gritando sobre recortables descompuestos,
por aprender a suspirarte de nuevo.


Aun recuerdo como escapaste de entre mis dedos,
como esquivaste los besos
destrozando el tiempo que de infinitos
 se vistió de misterioso embustero,
rompiéndome en pequeños trozos.
Hoy, ahora,
esbozo borroso
de un rostro al que llorar de memoria.


Infinita, larga, inmensa,
se hace la sepultura que me encierra
en estos pensamientos de ida sin vuelta.
Deslumbrada,
la vida se hace por inercia desde la incongruencia,
la desidia,
 mala respuesta que de miedos tiñe mi pena,
desnudando el interior de mi laberinto
que abona la miseria,
de no sentir lo que siento,
dejando de creer
según se me secan las venas.