miércoles, 29 de julio de 2015

Y llegan las fiesta a Elche.



Se acercan las fiestas, y como siempre con sus cosillas buenas y sus cosillas malas. Entre lo malo, o mejor dicho, repelente mente cansino, los petarditos que se tiran de manera indiscriminada a cualquier hora y día y, que lejos de dar ambiente en un momento puntual y concreto, se te meten, se te meten y se te meten hasta aborrecerlos...si, a los petardos, a los niños que los tiran, y a los capullines que dicen ser sus papás por comprarlos a tan tempranas horas.

Al aborrecimiento se llega así como dos semanas antes de los días fuertes de la fiesta, y gracias a esos irresponsables padres que para mantener al niño entretenido (eso si, lejos de ellos mismos) compran y compran petarditos para que sus niños disfruten la hora de la siesta, pero dos esquinas más allá de casa para que papá y mamá la duerman a pata suelta, o en el parque cuando los papas bajan a tomarse su cerveza a la terraza, ¡ojo! en este ultimo caso se avisa a los niños -tirarlos allá, en la otra punta del parque- indicación que el papi de turno acompaña con todo brazo extendido acompañando al indice correspondiente. Y es así como se bombardea allí donde están los bancos y los inocentes que tan solo pretenden pasar un ratito tranquilos a la fresca, ¡porque claro! si el niño tira los petarditos junto a papá y mamá, no luce nada, nada, nada, la charlita que acompaña a la cerveza y los chipirones.

Si algún niño se aporrea o quema (no lo quiera Dios) no crean que su progenitor corre. No, mientras no le cuelgue algún dedo, tranquilidad total, son chavales y es lo normal. Ellos, los aguerridos papás, se enseñaron así ¡y no pasa ná! esos consejos de hoy de que un adulto supervise todo cuanto hace un niño con fuegos de artificio ¡che! mariconadas. Que el niño se les chamusca ¡no pasa ná! cremita pal quemaó y a correr.

Lo peor no es el por culo de los petardos y los niños, es cuando el papá se aprieta sus dos buenas cervezas y se viene arriba para en un plan chupi guay del paraguays, aproximarse a su niño y amiguitos para que vean a un maestro tirar petarditos. 

Pongámonos en situación; Machote a medio afeitar con cierto tufo a sobaco rancio, de treinta a cincuenta años del tipo mesa camilla, es decir, de metro sesenta, sin cuello y prominente barriga modelo chepa cervecera. Camiseta siempre por fuera, y con estos calores, bermudas y chanclitas de las que dejan los datilicos fuera.

-Mira Luisin, mira como se hace- dice a su niño mirando en derredor a ver que de publico tiene.

La mesa camilla no repara en las quejas de los que están hasta los huevos de los petardos, de esos pobres que solo pretenden pasar un ratito apacible a la fresca y terminan con el cerebro taladrado. -Metete uno en el culo a ver si te gusta...y que sea de los gordos anda, a ver si revientassssss- se escucha de manera repetida, pero la emoción o la escasez de neuronas (aun por averiguar) del susodicho papá, le impide reparar en el descontento general. Y allí se pone el pedazo de alcornoque, a tirarlos de dos en dos y tres en tres.

Finalmente es la mamá, con alguna cervecita menos entre pecho y espalda que su cónyuge, la que repara en que el publico no esta a gusto, y siempre, muy digna toda ella, sale con aquello tan recurrido de: -Son niños (¿y la mesa camilla, eh, eh? eso no es un niño, eso es un tontaina), venga, venga, no se pongan a si que son fiestas (pero a treinta metros de sus papas, no más cerca). Y la mejor, ¿ustedes no fueron jóvenes? (a ver anormalica ¿que tiene que ver la juventud del resto con la mala educación que tú das a tu niño?...esto jamás lo he comprendido)-

¡Che! que llegan las fiestas. Alegría, alegria, y a ser posible, unos petardos gordos cerca... que el niño empieza a joder la puñeta, ustedes lo mismo cerca de sus papás, y da lo mismo que sea en la siesta o con la cervecita. ¡Mano de santo! verán como por arte de magia o gracia divina (aun no lo tengo claro) los niños dejan de tirar petardos.