jueves, 6 de abril de 2017

Agüitas mayores.



Agüitas mayores.


     Para contar mi historia, primero deben de conocerme. Me llamo Bárbara Sánchez, pasó de decir el segundo apellido ya que es tan, tan vulgar, que no me hace justicia… la verdad, es que no sé como mamá no se lo cambio cuando pudo, yo lo hare en tener un ratito libre. Soy estudiante de administración y dirección de empresas (ADE) en la universidad de Alicante. Aunque vivo con papá y mamá en Altea, ¡claro! menos cuando toca clase, que, por evitar estar todo el día de arriba para abajo con el BMW que me trajeron los reyes magos. Que majos,  lo hago en el apartamentito que los papis me han alquilado en la capi. Tengo la friolera edad de veinticinco años, aunque todo el mundo con el que me hablo no me echan más de diecinueve. Soy mega maja, culta, guapa y con un gusto para la moda, que ya quisiera más de uno de esos pelagatos que se hacen llamar modistos por la simple chorrada, de que les inviten a mostrar sus diseños en ciertas pasarelas internacionales. Papá, que es demasiado humilde, me tiene dicho que, aunque es verdad, no diga públicamente lo que pienso de mí. Según parece, o así lo cree él, suena mal y suscita envidias entre los menos agraciados. Pero yo le digo. –Papá, ¿prefieres que tu niña sea una hipócrita de lo más vulgar-. Y papá, agacha la cabeza y sin decir ni media, porque sabe que llevo la razón, me deja en paz. Bueno, así, muy por encima, esta soy yo, aunque no lo quiera, el centro de atención de cualquier sarao y evento al que asista. En terminar la carrera, que me queda nada y menos, seguro que las mejores empresas se me rifan ¡anda! que lo le deben favores a papá de su etapa como concejal de urbanismo.
     En la uni soy la delegada de mi clase, no lo he comentado antes porque lo considero evidente. Bueno, si es verdad que no se presentó nadie más al cargo, vale, pero de haberlo hecho seguro no hubiera sacado ni un voto. Es más, creo que como levante la mano tan rápido cuando se propuso el cargo, todos me vieron, y el que no pensó que yo era la perfecta para cargo de tal magnitud, de inmediato supo que sería tontería ser mi oponente. Como estoy en el último año y hacer prácticas en alguna empresa me puntúa, empecé en una de la zona dedicada a la marroquinería, me decidí por ella por el buen gusto con el que tienen decorada la oficina y, la sala de exposiciones y juntas. Llevo tres meses y ahora mismo término allí, aún no me han dicho nada, pero estoy completamente segura que me harán una oferta para quedarme. El puesto esta cogido, pero donde va a parar eso que tiene ahora, conmigo. Entiendo que es la mujer del jefe, pero no hay color, y eso lo sabe ella, lo sabe el jefe, lo sé yo y el resto de empleados, con los que me trato lo justo porque huelen raro.
     Lo peor que tiene la empresa, y por eso jamás me quedaría trabajando para ellos por buena sea la oferta que me hagan, es que no tiene aseos individuales. ¡Vamos! que si a una le entran ganas de hacer un pipi, o va al aseo que hay junto la sala de exposiciones, donde es raro no hayan clientes, o al que hay enfrente de la recepcionista, o ya, no  queda otra que bajar al de abajo, que es la fábrica donde están los que huelen raro, y eso, sería lo último, antes reviento que meterme al váter donde esos mean y sabe Dios qué más harán. Por esto, nunca aceptaría su oferta, y menos, desde que el pasado viernes me diera aquel tonto apretón. La sala de exposiciones estaba llena de posibles nuevos clientes junto al jefe. No era plan de pasar por delante de todos con el culo apretado y quién sabe si con las prisas, no dejando escapar algún gas. Al aseo de la fábrica, ni muerta, antes me cago, ¡uy! perdón, me hago de vientre, encima. Así pues, con una sonrisa y muy digna. Siempre se me dio bien disimular, y con el culo tan apretado como me era posible mantenerlo. Pase por delante de la recepcionista, la salude muy amablemente pero sin dar lugar a conversación, no era el momento. Con una mano me soltaba el cinturón mientras que con la otra iba colocando papel higiénico en donde mi culo iba a descansar casi de inmediato. Una especie de sudor helado, no sé si era de alivio por verme a salvo o, parte de un fiero retortijón, me hizo sudar, y de qué manera, los chorretes de la frente hasta me empaparon el flequillo. Como el puesto de la recepcionista esta casi pegado a la puerta del aseo, también eché al fondo del váter papel en cantidad para que si aquello chapoteaba, no me delatara. Qué vergüenza señor, aunque imagino que la que atendía el teléfono allí afuera también haría de vientre de vez en cuando.
     Pese las ganas de soltar todo aquello, me senté despacio, a todo esto, sin relajar ni una miaja el esfínter. Entonces me puse completamente recta, los chorretones de sudor empezaban a caerme sobre los ojos. Poco a poco, y cruzando los dedos, fui aflojando la presión. Obviamente, mi intención era evitar esa tremenda explosión que notaba como me recorría de arriba abajo, y de abajo arriba, tripas y entrañas. ¡Qué mal rato copón! Yo me decía, -ánimo bonita, que esto quede entre tú y yo- y así fue. A ver, algún gas salió, pero amortiguado, ósea, que más que como petardo, fue como un escape de aire, ya saben, una ese larga “ssssssss” así como cuando deshinchas las ruedas al coche de la hijaputa de la Trini por ligarse al buenorro de la disco, o como una serpiente de esas que salen en los programas de bichos. Esas, que se te plantan delante y hace ese “sssssss” como diciendo, -un paso más, y te pico-. Cuando por fin solté toda aquella pesadilla, y menudo olor por Dios, me permití hasta la libertad de apoyar la espalda sobre la tapa y la cisterna. Ni asco me dio, todo aquel esfuerzo y sin perder el conocimiento, me armo de valor. Quien iba a pensar que mi peor pesadilla, no había hecho más que empezar.
     Cuando me levante, ya con el culo bien limpio y en todo momento dando la espalda a aquello. Nunca he sido yo de recrearme  mirado eso, pulse la cisterna, me subí los pantalones y empareje bien los faldones. Al darme la vuelta para coger un poco de papel higiénico y secarme los chorretones de sudor que aún me notaba frescos, lo vi. Como una de esas pelotillas de alga seca que en ocasiones aparecen en nuestras playas, un rebelde trocito de lo mucho que solté, flotaba a la deriva en ese pequeño charco de agua del fondo del váter. –Me cago en la puta- me salió del alma, y creo, que en voz demasiado alta para lo que me habría gustado, pero bueno, a lo mejor la de afuera estaba atendiendo alguna llamada y no se enteró de nada. Cogí un buen trozo de papel y se lo deje caer encima antes de volver a tirar de la cadena, el agua empezó a caer llevándose el papel hacia aquel remolino, la pelotilla de caca pareció desaparecer con todo el papel cañería abajo hasta que de pronto, cuando ya iba a bajar la tapa ¡FLOP! Allí estaba otra vez. Volví a empezar a sudar, y esta vez, creo que del enfado. Cogí más papel, y ya llevaba yo sola medio royo. Con este me lie la mano con la que agarre la escobilla del váter, eso, jamás lo había hecho, en casa no la tocaba nadie más que Irene cuando venía a limpiar. La vida me estaba probando, me empujaba al extremo, y a mí, no me quedó otra que sacar los instintos más básicos que me pueden quedar de animal. Con la escobilla bien cogida, como el picador al toro, apunte y embestí hasta llevarla al fondo, volví a tirar de la cisterna manteniendo la pelotilla allá abajo a ver si así, pero que narices, nada, otra vez salió a flote tan rápido como afloje la presión.  Cada vez empezaba a importarme menos la de afuera, aquello era ya algo personal entre ese zurullo juguetón y una servidora. Volví a la carga con la escobilla tratando de deshacer del todo la puñetera pelotilla, ¡no hubo manera! Como hecha con alguna especia de material extraterrestre, se amoldaba a todo. Y mira que la  restregué con gana, que no, se estiraba sí, pero cuando parecía que por fin iba a romperse, yo ya con el brazo hasta dolorido, aquello volvía a su forma inicial. No sé si tenía más ganas de gritar, o de llorar. A esas alturas, la de afuera seguro que estaría flipando. En una de aquellas embestidas descarnadas con la escobilla, el mojón se quedó ensartado en sus cerdas. Lo que faltaba, pensé entonces agarrarlo con papel y dejarlo en la papelera de los tampones y compresas, pero era viernes y la de la limpieza se había ido hacía un rato, con lo que eso allí, fermentando hasta el lunes siguiente ufff, pero es que las opciones eran las que eran, y puestos a que aquello fermentara, ¿cogerlo con la mano para dejarlo en la papelera? Pos como que no, pinchado en la escobilla y mirando hacia la pared para evitar que se viera mucho, lo deje tal cual. Para entonces el olor a mierda se había disipado. Al salir, la de recepción trato de disimular, pero yo sé que por el rabillo del ojo no dejo de mirarme en ningún momento. No soy de hacer promesas, pero me comprometí con  Santa Rita, a cambio de que no entrara nadie allí hasta que el lunes pasará la de la limpieza, que sin duda, no se sorprendería tanto, seis velitas.
     Después de aquello, como no creo pudiera de ser manera distinta, veo la vida desde otra perspectiva, y, o papá me monta un negocio con un aseo para mi sola, o va a trabajar su puta madre. A ver, que yo a la abuela la quiero con locura, por eso estoy seguro que mejor que ella misma nadie me comprendería. Bueno, ahora, para desconectar de aquello, toca organizar la velada para la graduación, que veremos a ver entre tanto muerto de hambre que va a clase, con decir que a alguno hasta lo becan por renta, como será la cosa. En fin, a ver entre tanto pobruso sin gusto como se da la cosa, porque yo no estoy dispuesta a cenar en cualquier pocilga, bastante es, que tenga que contratar autobuses en lugar de limusinas.




Relato basado en hechos reales, para guardar la privacidad de nuestra protagonista se han modificado así, como muy por encima, el entorno y los datos personales. Pero el relato es real, real, real.