viernes, 21 de octubre de 2016

El paso del tiempo.





Para mí, son un claro ejemplo de vida. Dudo que alguien no recuerde  cuando empezaron a aparecerle. Finos, tímidos y bastante alejados entre sí, luego ganarían confianza y como la unión hace la fuerza, se vendrían arriba con tanta potencia que se retorcían sobre sí mismos formando una espesura y grosor tal, que los transformaría en una especie de mullido vergel. Al brincar los cuarenta empieza la piel a clarear por aquí y por allá, y los que subsisten, son bastantes los que  empiezan a cambiar de tonalidad, la mayoría se relajan tanto que aquello que fue un compacto y fornido rizo, pasa a ser un algo largo, soso y puntiagudo… más del tipo púa de erizo atropellado seis veces por el mismo camión, que de feliz erizo trotador de sembrados.

Estoy convencido que los pelos de los genitales son un acertado ejemplo del desgaste al que  la vida nos obliga, sin ir más lejos, con aquello de la moda íntima. Los elásticos apretujados recogen todo muy bien, demasiado bien diría yo. Y como esos pobres inocentes presos por la presión son incapaces de aguantar las fuerzas a las que son sometidos al caminar, correr o brincar ¡CRACS! Anda que no se ven bien las víctimas con cada cambio de calzoncillo, o en las sabanas si se duerme a pelo (nunca mejor dicho). Las esponjas duras y ásperas que según se dice ayudan a la circulación y evitan que esos mismos pelillos se queden bajo la piel, son otra de las armas que en silencio nos despeluchan con el tiempo.

¿Quién no se ha tragado alguna vez uno de aquellos fornidos? y se ha tirado días con él enganchado al galillo que ni para afuera ni para adentro. –Nene, tómate una miguita de pan a ver si…- decía la abuela, pensando la mujer que se trataba de una espina del lenguado, y ni pan ni na de na. En aquellos entonces eran vigorosos, enroscados y rebeldes, podían con la miguita de pan y con todo, tenían personalidad propia. En cambio hoy, les miro y me recuerdan a las cerdas de un cepillo de dientes desgastado al extremo… ¡qué cosa fea copón! Creo que si me pongo a ello podría contarlos sin confundirme antes de cansarme de estar con el cuello  para abajo o que la mujer interviniera. -¿Qué leches haces?- preguntaría con cara de “tío más tonto coño” al verme sumando todo aquello.

Supongo que gran parte de la pérdida de ese vello, en el caso del hombre por lo menos, es también debida a ese bestial padecimiento del hombre tan incomprendido por el sexo femenino, hablo del fatal y horroroso picor de huevos. Sí, estoy seguro que mis uñas han arrancado de raíz a más de ellos, de los que la edad por si sola ha logrado dejar atrás. Recuerdo un día, estaba en el cine con la mujer cuando escuche como si arañaran cuero seco, y grite –te estás quedando a gusto eh- por detrás de mí, a varias filas calcule, alguien me respondió –oh oh ohhh ya te digoooo tío, ya te digo-

A las mujeres siempre les ha parecido una ordinariez, a unas buenas, un poco agraciado acto reflejo. Pero nada más lejos de la realidad, los hombres lo vemos como una obligada necesidad ya que cuando pican ufff, pican de cojones, y de ahí la terminología.

La mitad de veces que un hombre, estando en buena compañía ha dicho algo así como que se caga y ha salió por patas. ¡Mentira! esa es la excusa perfecta para perderse y rascarse todo aquello sin miradas de desaprobación.

Recuero… ahora mismito me ha venido a la mente, tendría yo catorce años o así, en uno de aquellos  veranos de convivencia en la sierra de Cazorla, conocí a una holandesita de mi misma edad, su nombre era impronunciable, pero ella era un bomboncito de piel blanca con infinidad de pecas, ojos claros y pelirroja como el cobre a cuerpo entero.

La pelambrera de su coño crujía al tocarla como esos estropajos de metal que sirven para frotar la grasa más rebelde de las cacerolas, hasta llegue a cortarme con uno de ellos cuando a toda velocidad saque mi mano de debajo de su falda al acercarse un monitor por la espada. Aquel afilado alambre en forma de pelo se me había enredado en un dedo y del tirón me lo lleve puesto, ella tan solo, abrió bastante más de lo normal sus ojos y dijo algo así como un -¡Ups!- pero el que sangro, poco, pero sangro, fui yo. Por suerte el monitor no se dio, o no quiso, cuenta y, pasó de largo, rápidamente me chuperretee la sangre de aquel pequeño corte y seguía disfrutando de su estropajo, ¡bueno! de su prieto, mullido, y peligroso coñito.

¡Madre mía!, ahora pensando… si el pelo que lleve varios días en el galillo, ya saben, el de -toma una miga de pan a ver si- llega a ser de mí holandesita, no tengo tan claro que mi vida fuera hoy la misma, pues posiblemente hubieran tenido que practicar una traqueotomía, y en aquellos días y a mitad de monte…no sé yo eh, no sé, no sé.

Pues eso, que los pelos íntimos, como el cambio de marchas y el volante de nuestro coche, son el más fiel reflejo de los años que tenemos.