jueves, 28 de mayo de 2015

Una rosa con espinas.





Con una rosa en el culo
y un clavel en los labios,
despidieron aquel muerto
del que según decían,
había sido en vida
un muy mucho hijo de puta.
Su viuda saco cava frió,
los hijos tiraron confetis
y petardos,
y con los cuatro euros
que costó un saco,
lo mandaron enterrar
a quinientos kilómetros
de su pueblo.



Y dijeron los puritanos
-que sí, que aquel hombre
fue un sinvergüenza cabrón.
Lo de enterrarlo a tanta distancia,
bien, lo de celebrarlo con petardos y cava,
bien,  pero que lo de la rosa en el culo,
no tenia perdón-
ese es el atrevimiento
que brinda la ignorancia
que a su vez libera la lengua,
desde la calidez del sillón
donde no se le sufrió.