miércoles, 4 de diciembre de 2013

Con la lengua mordida.




Son muchos y dispersos
los momentos que invaden mis días y sueños,
atormentando la paz que labra este camino con final descrito.
Son muchos, demasiados,
para mi humilde capacidad de asimilar,
teniendo claro como tengo,
que si de verdad quisiéramos navegar,
arrojaríamos sin contemplaciones por la borda
cuanto lastre absurdo sobra.


No pasa un día,
ni uno solo de estos que sumo y resto,
en el que no me cabree por dentro,
que no me pregunte el cómo y su porque.
No pasa uno,
que de día o rompiéndome el sueño,
me insista impertinente.
 Como si en mi mano estuviera
cambiar este mundo ilógico y engreído,
ya que habiéndose perdido el más común de los sentidos,
no nos queda más que la siempre confusa fe.


Con la lengua entre dientes y muelas,
sorbo de mi silencio la desnuda desidia
con la que la carne se agria sin reconocerse en sí misma.
No son las escusas,
 más que ensayos repetitivos de un mundo,
de mil épocas,
de sonidos trasformados en cerebros que se tiñen de disculpa.
Inmovilizada la lengua,
callo eso que dentro revienta,
convirtiendo mi sangre en letras.