miércoles, 20 de enero de 2016

Otra miaja de la novela "De naturaleza tocapelotas"



Os dejo otro pequeño pasaje de mi última novela, a la venta en Amazon para ebook a solo 2,99 euros con casi 700 páginas de humor, aventuras, sexo, batallitas...

Mucho decir las niñas que sí, que ayudarían, bajarían al perro, lo bañarían y alimentarían, pero como no podía fallar, si el pobre animal ve la calle, si come y bebe, es porque bien Paqui, bien yo, nos preocupamos de ello. Así pues, no he terminado de desayunar y ya tengo a Pipo dándome brinquitos tratando de llamar mi atención. -Que sí coño, que sí- le digo mirándole a los ojos para que se relaje un poco y me deje disfrutar de mi cortadito largo de café.

Pipo, mi chucho, es un chihuahua color chocolate con un brillo de pelo impresionante que me regaló un cliente. No se parece a los padres en nada. Ni color, ni tamaño, tal vez en carácter. Este nos salió cachas para los cánones de la raza, no sabemos si por genes de antepasados, la alimentación casera que se lleva sí o sí con aquello de -Uuuyyyy que lastimita, mira, mira como me mira, que ricooooo- ¡No sabe na el chucho los cojones!

Un encanto de animal en casa y un demonio en la calle. Exactamente lo contrario a Paqui. Cuando ve a otro perro (me refiero a Pipo) se eriza de cabeza a rabo, sus ojos y orejas se le ponen de un rojo ensangrentado, arrancándose para ellos como un caníbal hambriento tras dejarse la dieta de lombrices, ladrando y mostrando los dientes.

Se dice que los perros que se parecen a sus dueños. La verdad es que Pipo en cuanto a lo imponente de su porte, lo demandado que es como semental, muy bien podría ser identificado conmigo. Pese a su discreto tamaño, ya lo conoce todo el barrio, tiene a la mitad de la peña acojonada. Unos, “entendidos” en psicología canina desde que vieron cierto programa de televisión y compraron los respectivos libros de autoayuda, me dicen que lo de Pipo es inseguridad o miedo, por ello, si lo dejo suelto, al final no haría nada apartándose del resto de perros con el rabo entre las patas. ¡Pamplinas! Estoy seguro de que si lo suelto, atacaría aun teniéndolo todo perdido, este perro para eso es bastante anormal. Quién sabe si el cliente que me lo regaló no tendría un presentimiento y por eso, el muy cabrón me lo endoso pese a su pedigrí.

Pipo es un perro de características interesantes si uno se fija. A lo primero llamaba mucho la atención, con más del año de vida, seguía embistiendo hasta a las hembras en celo en lugar de tratar sacar mejor partido a su energía, lo que nos dio a pensar que era homosexual, ya que, a machos de su misma raza, a algún pícher y, sobre todo a los yorkshire terrirer, les hacía y hace unas felaciones que les dejaba chorreando de caliente baba los bajos.

Nada más lejos de la realidad. Como la gran mayoría de bichos que respiran, Pipo es bisexual. Un buen día se le cruzó en el camino una perrita en celo. Una perrita sin raza definida, valiente, sabia y apenas un poquito más grande que él, una hembrita con experiencia en amoríos y una quemazón que le hacía restregarse el potorro con cualquier cosilla, una zapatilla, el peluche de los niños, el cojín del sillón orejero, todo le servía. Pesada como ella sola, logró finalmente beneficiarse a mi Pipo, y a la primera de cambio, nos hizo abuelos.

Otra característica importante de Pipo, es como defeca, ya que solo lo hace sobre tierra. Y si no hay de ésta cerca, si es preciso, se sube a una maceta y, encogido encogido, allí lo deja. Es ideal para abonar el perejil de la vecina de mi suegra. No sería la primera y tampoco creo sea la última, que Pipo caga mientras levanta la patita para mear, e incluso, subiendo las patas de atrás al tronco de alguna palmera.

Varias veces me he dicho a mí mismo que si alguien pasa por aquí y dejo esto ahí, seguro se preguntará cómo leches pudo poner el culo el chucho para que la mierda quede tan bien puesta a dos palmos del suelo. Solo si llueve evita cagar sobre tierra, le da repelús el barro, se nota es perro de raza delicada. Solo entonces caga en la acera o el asfalto, pero siempre con el culo apegado a cualquier lado (farola, buzón, boca de incendios, rueda de auto). Es muy meticuloso con eso de que su culo pueda verse sorprendido.

Entrado en materia. Como tenga la suerte un día de tropezarme con el capullo o capulla que no solo permite, sino que tampoco recoge aquello que su perrito deja junto la puerta peatonal de acceso a la urbanización, prometo restregarle el morrito antes de que se enfríe, para acto seguido, hacérsela tragar entera, aunque tenga que ser yo quien se la mantenga.

Seguro que son de esos que no recogen la mierda del chucho por asco, ya que a fecha de hoy no conozco a ningún asqueroso que no peque de guarro. Tengo claro que no es de los vecinos, seguro seguro, es de otra urbanización y hará cagar al perrito lejos de su puerta evitando que los que viven a él pegados le señalen como el cerdo que sin duda es, como si al ocultarlo la realidad fuera otra distinta. ¡Marranos!

-Nene, hay que bajar a Pipo- me increpa Paqui mientras se estira del camisón para abajo.

-¿Cuándo he dejado de bajarlo?- respondo entre dientes con poca gana estando hasta los huevos de lo cotidiana se hace esta parte. -¿Te ha tocado a ti bajarlo estando en casa yo?- sigo aún sin gana, la inercia…

-Estaría bueno, ¿haces tú por mí las camas, los aseos, aspiras tan siquiera?- no falla, siempre la misma defensa.

-No te me vengas arriba nena- respondo sin mirarla siquiera -sabes que aspirar, aspiro- le puntualizo ya que Pipo no tarda mucho en cagar y cuando subo, ella, muy meticulosa en lo suyo,  no ha terminado, por lo que con tal de evitarme el repertorio de penas y lamentos que lleva siempre preparados, no solo aspiro, a veces, hasta le paso un pañito húmedo.


Ella me mira mientras apura su segundo vaso de leche, ¿cómo puede gustarle tanto? Al sacárselo de la boca, aún con sus labios manchados y la leche cruzando su gaznate, intenta replicarme, le encanta que la última sea siempre suya, pero como lo tengo claro, no me apetece empezar el día escuchando reiteradas tonterías, me levanto rápido diciendo que voy a cambiarme, perdiéndome en el pasillo mientras la dejo en la cocina con la boca semi-abierta.