martes, 19 de enero de 2016

Pasaje de mi última novela.




Os dejo un trocito de la novela "De naturaleza tocapelotas" ya a la venta en ebook por Amazon por  2,99 euros. ¡¡Ojo!! un trocito solo eh.


 -Podría decirte que te he hecho el amor en muchos sitios distintos, pero no voy a engañarte, no sé cómo se puede hacer eso del amor, la verdad, aun cuando pueda pecar de rudo o grosero, como yo te he imaginado en todos esos sitios, ha sido follando, bien tú a mí, bien yo a ti. En ocasiones tan rudo como en otras tierno, pero normalmente querida mía, la cursilería se quedaba no más allá de los besitos en la cara…

Vuelve a morderse el labio, para mí que se está mojando. En una de esas locuras mías, una de tantas en la que mi sueño me hizo correr, continúo. -Llevabas un vestido como éste, al igual que ahora, tú conducías, y yo, yo disfrutaba, disfrutaba mirando cuanto tú me ofrecías- llegados a este punto, tal cual hablo, actúo. -Mi mano izquierda se enredaba en tu pelo a la altura de la nuca, la derecha, libre, golosa, perversa, recorría de tus rodillas hacia arriba la parte interna de la pierna, insaciable, se metía bajo la prenda de ropa buscando siempre el calor de la caverna- solo me mira de reojo, abre las piernas, evita toda resistencia. -Al llegar al tanga, con los dedos más diestros ya apartada la braguita, caliente y húmeda se me presenta ella.

-Quita, quita- me dice, vamos por una avenida de dos carriles y en el semáforo donde tenemos que parar hay un camión al otro lado.

-¿Por? ¿Cuál es el problema?- pregunto.

-El camionero, desde lo alto podría vernos.

-Vernos y mirarnos, podría aprender algo con toda seguridad, si algo malo tiene que nos vea, es que se le harían los dientes largos- le respondo mientras vuelvo a meter mi mano bajo el vestido, ahora, no me conformo con palpar, quiero ver, así pues, el del camión, tendrá unos segunditos de recuerdo que seguramente disfrutará en muchos silencios.

Duda, duda apenas décimas de segundo, para ceder a la propuesta. -Jamás hice nada parecido- me dice mientras mira hacia el camión bajando un poco su cabeza por la curiosidad de saberse mirada.

-Alguien me dijo hoy mismo, que todo tiene una primera vez- ella me mira, me sonríe, y me besa en los labios dejando su cálida lengua para cuando me apetezca. Me separo, se queda aturdida, no sabe que ocurre. Entonces le abro los botones que dejan libres con poco empeño, esos pequeños pechos de rosados y erguidos pezones que no se guardan en sujetadores.

-¿Qué haces? Vas a lograr que el de camión se baje a mirar- me dice intentando taparse sin demasiado empeño, más bien es un leve reflejo.

La miro, le sujeto la mano con la que se tapa por su muñeca, la aparto. -¿Y? que mire, ¿que más nos da?, él fuera, nosotros dentro, que mire cuanto bueno tienes, cuanto bueno yo, hombre de fortunio, me pienso comer.

Se entrega, no sin dejar de mirar hacia el camión. -¿No vas muy deprisa?

-Menos de lo que dicen tus bragas y afirman tus pezones.

El semáforo se pone verde, salimos más ligeros que el camionero, ahora sí, ahora nos pita y hace las luces en varias ocasiones, pero estando pegados, callado como puta. -Qué vergüenza- me dice ella.

-¿Vergüenza de qué?, ¿de ser tan hermosa, tan sexual?

-Cuanta galantería.

-No confundas la galantería con la realidad, mírate, vamos, hazlo- le digo mientras le abro el desabotonado escote. -¿Qué ves si no belleza?- me quito el molesto cinturón de seguridad y me arrojo hacia ellos, lamiéndolos, oliéndolos, presionándolos como si de moldeable plastilina se tratasen. Noto que le hago algo de daño, pero no es nada mezclado con el placer que le provoca mi tacto.

-Falta poco, estamos llegando-  dice jadeante, yo sigo mirándola de frente mientras mi mano deja el juego que se lleva con sus pechos y, mis dedos toman sus labios, su boca, se bañan en esa ardiente saliva y, de allí, hasta donde la braga, aun apartada hacia un lado, me brinda el mejor de los manjares.

Jadea a tal punto que tiene que apartarme bruscamente, me empuja hacia mi lado, el sol aún está en lo alto, se quita el cinturón y como puede, se me viene encima con las dos manos, me saca los faldones, me quita la hebilla y casi arranca los botones. Sigue jadeando, cuando su mirada y una de sus manos, saca a la luz mi erecto pene.

-¿No faltaba poco? Claro que si quieres follar aquí mismo….- ella me mira, se restablece, vuelve a su sitio y coge camino, la dejo fuera, no la escondo, le cojo una mano y hago que la acaricie. Lo hace con fuerza, le tiene ganas, la necesita, de vez en cuando la mira como sorprendida.

Al llegar a la casona de la abuela da al mando a distancia, la puerta corredera comienza a abrirse cuando sus labios se presentan firmes a la bienvenida que mi pene merece, agradable humedad que me hace gruñir placeres, el propio del momento, y el ver mi fantasía lamiendo. Mientras, la puerta  sigue su camino. La cojo por el pelo, la obligo, quiero profundizar más en su garganta, quiero escucharla pidiendo clemencia. Me aparta la mano que la sujeta, me dejo, de momento. Me mira, tras una gran bocanada de aire limpio, mete el coche, cierra la puerta y, vuelve donde dejó la cosa, la dejo, se lo permito, pero solo de momento.

Algo más de un minuto lleva sobre mi cintura. Besándola, lamiéndola, saboreándola por dentro y también por fuera. Al igual que mi pene, ella está empapada, pese a este ardor que me quema, el mismo que me grita que la penetre y acabe con la resistencia, insisto contra la testarudez de mi voluntad y, me contengo, quiero saborear cuanto pueda el momento que entre mis manos se hace placer y tiempo.

Levanta la cabeza, nos miramos, mi pasión arde en fuego, sostenida por mi mano desde su cuello, la beso, le muerdo esos carnosos labios que tanto me excitan estando húmedos, echa hacia atrás su asiento, se acomoda lejos del volante y se inclina hacia mí sacando su pierna izquierda de debajo, la encoge sobre el asiento dejándome visible su muslo, allá donde éste se suelda a su ingle. Vuelve su boca a mi pene, estiro la mano hasta aquel muslo, esa preciosa ingle, levanto poco más su vestido. El bello, muy recortado, roza en la palma de mi mano, tan solo con ese ligero roce ella se estremece. Mi mano libre vuelve hacer presa en la cabeza, y le marco un ritmo que sin enloquecerme, me haga sentirla más, sabe lo que quiero, lo que busco, lo que deseo y, aprieta más los labios, mis dedos juegan con ella, la acarician, se entrega abriéndola más, es tan seguido el placer que le da mi juego, que tiene que retirarse de la boca varias veces el pene, para poder gemir abiertamente, sacando de dentro cuanto siente.

Me encanta cuanto veo, cuanto siento, pero no lo quiero tan pronto. La aparto, me abotono y bajo del auto. Ella, semi desnuda, caliente, calla y mira, doy la vuelta, le abro la puerta y le extiendo la mano. Antes de salir intenta abotonarse, se lo impido, quiero que salga tal cual están sus pechos, entre vistos y escondidos, son un sano vicio para estos ojos míos. Nerviosa busca en el bolso las llaves de la casa, mientras lo hace andamos hacia ésta, ella delante, yo tras ella, pegado, sintiendo sus carnes, haciendo sentir las mías. Estamos a aire libre, el sol aún y, por bastantes horas, ilumina. Paralelos a la verja de la finca, un grupo de amigos en bicicletas de montaña. No reparan en nosotros, y a nosotros, ello nos hubiera importando bien poco. Mis manos la sostienen pegada a mi cintura, mis labios, mis dientes, se recrean en su cuello, en sus oídos, en su desnudo hombro. Mis manos la mantienen contra mi cintura, le retienen el paso, insisto en mantenerla pegada contra todo este entusiasmo. Aún no ha dado con las llaves cuando decido que mis dedos continúen jugando bajo su vestido.


-Por fin- dice jadeante, como agotada. Tras abrir la puerta de la casa, ante nosotros el frío húmedo y oscuro de un caserón que se abre poco, los rayos de sol que vergonzoso sorprende detrás de nosotros, nos muestra de allí adentro unas pequeñas motas de brillante polvo levitando sin esfuerzo. -Aaaaa aa ummm aaa- gime, me sujeta esa mano que bajo su vestido juega, la sujeta pero no aparta, solo la coge, la aprieta, la mantiene presa, como pretendiendo que siga allí toda la vida. La tengo de espaldas, no le veo la cara, me niego a perderme su expresión y la giro hacia mí. Con la boca torcida se muerde el labio inferior, sus ojos prietos permanecen cerrados como temiéndose una explosión, preciosa imagen que me llena de deseo y una extraña agresividad que contengo apretando los dientes y uno de sus pechos.