viernes, 18 de diciembre de 2015

Al otro lado de mi habitación.



Ha amanecido como tantas veces,
entre aquel silencio entornado
sobre el que a veces llora
y al que en ocasiones aclama.


De nuevo sola,
trata de aparentar indiferencia.
¡Hipócrita!
Por supuesto que le importa.
Jamás aprendió a consolarse
más que con los dedos y sin luz.


Incapaz de enamorarse,
folla por follar.
Dos minutos de placer
y una eternidad de soledad.


Es más difícil ser mujer
que aparentar honestidad.


Jamás la vi rendirse, ni suplicar,
tiene más cojones de los que yo sería capaz de aguantar.
Pero la soledad la retuerce del vientre a los pezones,
y sus ojos de triste visten
mientras se quita las bragas y como gata,
entra a la cama desde debajo de sus sábanas.


La he vuelto a oír gemir
cuando preferiría escucharla de rabia gritar,
pocas damas son cobardes,
pocas señoras se rinden,
pocas mujeres tiemblan,
muchas niñas sueñan,
cuando su seguridad es certeza.



Suman sus noches alcohol y penas
mientras las bragas siguen tiradas,
y sus pechos desnudos,
llenos de salivas varias,
piden una ducha y
a la soledad su caricia.


No se medir la pena,
ni la soledad,
no sé cómo convencerla
para que vuelva a luchar.
Tan solo soy un hombre,
uno de lo más vulgar,
que con mujer y madre
en corazón y entrañas
muere de ignorancia
con las manos limpias cada mañana,
al callar lo que no supe denunciar.






-Ante el maltrato, no te quedes callado-