viernes, 20 de enero de 2017

Poema 21º



En este sordo mundo, donde hasta el más tonto puede joder impunemente al vecino,
es una terapia, casi un orgasmo prolongado,
mirarles a los ojos y ponerles apellido. No voy a pedir disculpas,
ni pienso confesarme por ello, pues si todos fuesen sinceros.
Lo de dar por el culo no estaría tan mal visto, y por supuesto, ni sería dañino,
ni crearía costumbre… mucho menos, vicio,
teniendo como tenemos claro por donde no se ha de meter el dedito,
más que en aquellos casos donde el juego lo hace preciso.