jueves, 7 de abril de 2016

Y llego el día.





Y llegó el día
en que me harté de ser comedido, humilde, modesto.
Por fin me di cuenta, que contra más se agacha uno
más se la restriegan, y sin preguntar 
si ofende o molesta, si duele o alienta.
Y fue así como llegó el día donde aprendí a decir no, y NO,
y medí cuenta que es mucho mejor pasar por grosero,
y por ordinario, y por cabrón,
a callar y tragar por el hecho de no molestar.
A ir siempre con la cabeza baja, a no mirar a los ojos,
a rendirse a la primera, y asentir, siempre, siempre asentir.
Aquel día sentí mi cuerpo liberarse de un enorme peso,
un lastre que siempre lleve sin tener muy claro su porqué.
Alguien me dijo una vez, que ser sincero
No nos hace portador de la razón, que era mejor callarse a molestar,
a fin de cuentas, lo que yo pensaba
no tenía porqué ser lo mismo del resto.
Pero se equivocaba, ser sinceros nos hace libres en nuestra razón,
y es ahí, en uno mismo, donde se crece y se vive.
No en la mente de terceros, en las ideas de cuartos,
o en las amarras de quintos.
La libertad de opinión no tiene porque ofender a nadie,
callar y asentir, cuando te parece una gilipollez
lo que tienes ante ti, eso sí que es morir.