martes, 12 de abril de 2016

Dios los cría y en el servicio se arrejuntan. (Cuento de humor)



Julián, también llamado “el tonto no, lo otro”, no es que naciera chulo, lo hizo con poco, tirando para nada de cerebro… punto. Ya con una edad y tras irse a la mierda la empresa para la que trabajaba como repartidor en una pequeña furgoneta, se apunto a una academia para sacarse el titulo de vigilante de seguridad, el de escolta y explosivos. Con todos ellos en un apartadito visible de su cartera de cuero marrón viejo, se puso como un loco a repartir curriculum ofreciéndose a sí mismo como la re-leche en el sector de la seguridad, hasta se hizo tarjetas de visita con el emblema de la policía nacional en las que aparte de su nombre con apellidos y el teléfono, se presentaba como profesional cualificado en alta seguridad. Pero como la gente no es del todo idiota, aquellos títulos sin ninguna experiencia eran para las empresas otro papel entre los cientos que tenían almacenados, para desgracia de ese infeliz que se pensaba que con aquellos títulos era el único y más divino.

Su insistencia al final le dio fruto en una de aquellas empresas grandes que cogen los servicios mediante concurso público y contratan, de ser preciso, a la gente a distancia. Por aquel detalle de la distancia precisamente, fue contratado, el de no verle la cara ni escucharle sin duda ayudó a ello, ya que con ese vocecilla fea y aguda, y ese deje a tontaina fino, hubiera tenido el tonto no, lo otro, muy difícil pasar una entrevista cuerpo a cuerpo.

Fue destinado a la estación de autobuses donde de los ocho vigilantes que allí hacían servicios, la mayoría con más solera e inteligencia que él, Julián fue el escogido como jefe de equipo (ninguno de los otros quiso), aquello le dio alas y una cierta y abstracta grandeza, de ahí que se pavoneara como lo hacía hasta en las reuniones de vecinos.

Una mañana, a eso del mediodía, el chofer del autocar que salía para Jaén le requirió, dos chavales de unos quince años pretendían viajar sin pagar. En lugar de invitarlos a bajar y dejar la estación sin más, se vino arriba al ver que no eran más que dos mañacos, y en su papel de nasió pá matar, empezó a ponerse los guantes de cuero y borreguillo que siempre llevaba al cinto, mientras les miraba fijamente con una sonrisa torcida a la derecha que le dejaba entrever las muelas. -¿Qué, vamos de listos no?- Lo siguiente que llegó a decir aparte de –hostia, hostia, aung, aung, copón, copón, oich, oich y joder, joder- fue –ayudame virgencita, ayudame virgencita-

Aquellos chavales, que habrían bajado del autobús y se habrían marchado sin más, entendieron con la actitud del vigilante que este les iba a pegar y se adelantaron a él. Al tonto no, lo otro, le llegaron hostias y patadas por todos los lados y desde todos ángulos. No llego a coger la baja pero estuvo dándose una pomada anti inflamatoria en una espinilla y el mentón, dos semanas con todos sus días. La inflamación con derrame del ojo izquierdo y el chichón de la frente, los llevo con solemnidad y orgullo, como si de una medalla se tratase. Obviamente, en la reunión familiar con motivo del cumpleaños de su abuelo, contó que aquello se lo propinaron seis presos comunes y en extremo violentos fugados de prisión y en busca y captura por las fuerzas y cuerpos del estado, y que pese a ello, logro retener a tres hasta que llegó la policía para echarle una manita.

Lejos de lo que hace el gato escaldado, aquel hombre de mediana edad, pelo engominado hacia atrás, gafas de vista sin montura y vocecilla de teleñeco resfriado… se mojaba una, y otra, y otra vez más. Y así es como a los pocos días de recuperarse de la tanda a hostias que le propinaron los dos críos, se llevo otra paliza.

Había levantó sus sospechas una joven pareja sentada en el banco del fondo del hall, llevaban una pequeña bolsa de viaje y sus miradas eran nerviosas, según él, inquietas. No sabía que pretendían, pero algo le decía que bueno no era. Con los pulgares metidos entre el cinto y el pantalón muy cerquita de la hebilla, y esa sonrisa sarnosa tan suya, se les plantó a un palmo de las narices, y allí, flexionando constantemente las rodillas sin despegar un pie del suelo, les preguntó dónde iban.

-A ningún lado, estamos esperando- dijo el varón.

-¿A quién?

La pareja se miró. –No creemos que eso sea de su incumbencia- añadió el chaval de nuevo.

-Vosotros no tenéis que creer en nada, ya estoy yo aquí para poner un cerebro si hiciera falta- la pareja, con las cejas en alto, volvió a mirarse extrañada mientras el vigilante seguía con los pulgares por el cinto y esa especie de tembleque tonto.

-Vámonos nene- dijo la muchacha tratando de evitar otro males.

-De aquí no se mueve nadie hasta que yo lo diga. ¿Estamos?- soltó el tonto no, lo otro, en un tono lo suficientemente alto para que lo escuchara el jefe de terminal que en ese momento andaba cerca.

Dos minutos más tarde, puede que menos, Julián rodaba por el suelo emitiendo varios ay, ay, ay en forma de pequeños gruñidos. –Si es que eres mú tonto- decía la que vende los billetes en la taquilla a la vez que le daba una tirita. 

-Tú que sabrás lo que es esto, yo solo hago mi trabajo- respondió muy aireado el vigilante.

-Pues si tu trabajo es llevarte una samanta leches cada poco, sin duda eres el mejor haciéndolo ¡qué coño el mejor! El único que trabaja.

Julián miró a la mujer con desprecio, y ésta, lejos de molestarse, se partió de la risa. –Bueno, iré pidiendo al encargado más tiritas porque al paso que llevas acabas con el botiquín tú solito-

-Jefe, aquí soy el único que curra y encima se ríen de comentó el tonto no, lo otro a su responsable directo, que cansado de Julián y sus películas, solo asentía y asentía para terminar haciendo lo de siempre, nada.

Ese era Julián, todo un tonto de manual, o como le llamaban en su entorno, el tonto no, lo otro. ¡Casi nada la joya!  Pero no era la única pieza dejada así… como un poco bastante de lado por esos malvados compañeros que lejos de lo que a él habría gustado, iban a la suya y no atendían a sus batallitas. Solo como él se veía otro de aquellos profesionales de la seguridad en aquella misma estación. El tal Ismael, a este, por no llamarle, no le llamaban nada. Ni tonto, ni listo, ni espeso, ni limpio. Todos coincidían en algo. Contra más lejos mejor, este peculiar profesional no destacaba tanto como el otro por su chulería, al contrario, si podía, se pasaba el día durmiendo en el baño o apoyado a cualquier pared, era tremenda la facilidad que tenia para ello. Ismael era friolero en extremo, tanto, que ducharse para él era un suplicio… eso de desnudarse, aun cuando fuera verano, ufff ufff ufff de punta se le ponían los pezones con tan solo pensarlo. Hasta cambiarse los calzoncillos le costaba mogollón por culpa de aquello del frío, o eso por lo menos alegaba él en su defensa. Había veces que no se quitaba ni el pijama, se limitaba a ponerse el uniforme encima y así se iba a trabajar. En cualquier caso, semanas y semanas se tiraba con los mismos trapos, y claro, eso al final termina traspasando hasta que ni desodorante, ni ambientador, ni esos repasos que se daba con toallitas húmedas por brazos y sobaco, lograban el milagro deseado y terminaba Ismael oliendo a coño rancio con matices de putrefacción.

Cuando se le pillaba despierto, con ganas de hablar y no había manera de escapar de él, el hombre era todo destacar su gran profesionalidad, y no porque hubiera hecho algún tipo de mérito, o porque hubiera destacado en ello, ¡para nada! Para Ismael ser bueno en algo es tirarse mucho tiempo haciéndolo, y da igual bien o mal, la experiencia lo es todo y de eso, aunque durmiendo y en ocasiones borracho perdido, él llevaba mucho padecido.

Fumaba como un carretero, sus dientes de un asqueroso amarillo ennegrecido le hacían juego con la grasa de su pelo, siempre pegado, tieso, chorreoso. –Por Dios y todos los santos habidos, y por haber, a este, el que huele a muerecito, me lo ponen de noche a piñón fijo, y a ser posible, me lo sueltan una hora antes de que la estación habrá puertas por aquello de que se nos vaya ventilando antes de que llegue el resto de la gente- esas fueron las palabras del jefe de terminal al responsable de seguridad con respecto a Ismael, ya saben, al que nadie llamaba nada.

Por todo ello que impactó la noticia. “El Ismael se ha hecho un blanqueamiento anal”… ¿Para qué? Con lo friolero que era, a quien leches iba a enseñar el ojete, ya podía haber invertido ese dinero en bloquearse dientes y muelas. La ignorancia atrevida de la juventud hizo a Ramonet (otro de los vigilantes de servicio en aquella estación), preguntar a Ismael si lo del blanqueamiento era verdad. –Me cago en la puta, que asco y qué asco- decía Ramonet con cara de agrio y aspavientos desmesurados –el muy cabrón me lo ha enseñado poniendo el culo en pompa y abriéndose las nalgas con las manos. Aún tengo los pelos erizados-

-¡Ya! ¿Y lo tenía blanco?- pregunto con interés la señora de la limpieza.

-Pos ni idea, entre tanto pelo retorcido y trozo de papel del culo pegao… ¡uuuuu! Otro escalofrío, ¿ves, ves? los pelos como botellines de Coca Cola.

-Joer que asssssco- dijeron algunos de los interlocutores, excepto la señora de la limpieza, que como muy en su propia nube, seguía ella en otras. -¿Y cómo le habrá daó por ahí al hombre para hacerse eso?-

-Pues según parece ha ganado un concurso de radio y le han dado a escoger entre hacerse eso o un fin de semana en un hotelito de la Manga del Mar Menor.
-¡¡Y se ha quedado con eso!!- exclamó la de la limpieza.

-Es que el premio no incluía el desplazamiento y lo del agujero del culo le quedaba a dos manzanas.

Llevo vendiendo periódicos en el kiosco de la estación para cuatro meses, diez o doce más y estoy seguro que sacó mi primera novela. “Contra los malos y las inclemencias, el julí y el Inma”  que dejaría a los míticos y emblemáticos Starsky y hutch a la altura del betún.