sábado, 28 de septiembre de 2013

Señaladao, acorralado.


 

Señalado por el dedo,

mis letras padecieron de juicios,

la difamación me puso rejas.

Resguardándose en la libertad de opinión,

a la mía pusieron fronteras.

Y al gritar contra la hipocresía,

elevaron el tono de su verborrea,

según gritaba,

más y más

el volumen me subían.

 

 

Silenciar la palabra,

la palabra que opina,

que habla,

que expone con alma.

Silenciar el verso que lleva la contraria.

Barreras, candados y cadenas,

esa es la libertad prestada por quienes nos manejan.

 

 

Señalado,

acusado en la a vorágine de amargos silencios,

soy culpable sin juicio.

Culpable de ser quien soy,

como soy,

por expresarme por mi mismo.

Sin lugar a escucharme,

a sentirme,

mis letras se hunden en tumbas de siglas e ideas

que nos cierran la vista,

el aliento, la vida.