martes, 2 de mayo de 2017

Cuan despreciable me hacéis sentir.




Tengo claro que no voy a salvar el mundo de nada,
ni tan sólo, de aquello que me queda en la palma de la mano.
El humano, especie a la que pertenezco, es tan simple como inútil,
y tan envidiosa y ambiciosa, como lo es ridícula.

Nos autodestruimos porque le apetece a uno
sin pensar si eso, nos conviene al resto.

Mueren mujeres bajo el puño del ignorante,
se destruyen pueblos enteros
porque interesa a según qué cerdos,
se pegan tiros en la nuca, se cortan cuellos,
se expulsa de su casa a las personas.
¡Joder! hay críos inmortales
por no tener donde caer muertos.
Y, de lo que se habla, lo que nos preocupa,
es el famoseo, el fútbol,
y la falta de libertad del puto periquito
de la vecina de arriba.

Estoy hasta los cojones de mi honorable especie,
de aquellos que dicen, y dicen, y vuelven a decir,
y nadie sabe que han dicho

Antes de hijos tuve padre, y también abuelo,
apenas les recuerdo, pero allí, a mi lado estuvieron.
Eran carne, agua, sangre y viento, eran todo lo que hoy no creo sentir,
por lo que grito al cerrar los ojos y pensar, cuánto les quise
pese lo que me dejaron por padecer en este vida repleta de presente,
donde nadie es más que el otro pero todos nos consideramos dioses.

De mierda hasta la garganta,
mierda, y ni una sola lágrima.
Ni de agua, ni de cera, ni de verdad ni por miseria.

Tengo claro, que al igual que el resto,
no soy más que un despreciable ser
creado para obedecer sin mucho pensar,
y para matar hasta donde matar me digan, haz.